Que marcadas se pueden llevar las estaciones del año en el alma. Un otoño que tiñe todo de sepia, con un viento fuerte que trae olor a nostalgia, una idea de que todo lo que está alrededor está envejeciendo, pero aun así se disfruta, atrae. El invierno crudo, frío y oscuro que nos trae días en que pasar sentados en un sillón, viendo una película, un corto o escuchando a música junto a un café, nos parece lo mejor de la vida. El salir a la calle intimida, pero al escuchar el sonido de cada gota de lluvia y sentir la piel mojada, y ese frio que muchas veces traspasa todos los sentidos, hace que todo temor desaparezca y se vuelva placentero, pero que aun así no provoca ese regocijo del corazón. De a poco, el aire se vuelve más cálido, aun es frío… pero trae algo diferente, y sin darnos cuenta lentamente el sol de primavera nos comienza a entibiar la sangre y nos invita a salir de aquel cascaron que el invierno nos envuelve. Y quien sabe si también nos deja invitados al verano, donde la piel resplandece y el calor la quema, las sonrisas aparecen por todos lados, la brisa del mar estremece los sentidos, los ojos brillan con cada atardecer y el azul del cielo está asegurado, al menos por un par de meses.
Estamos llenos de ciclos y está en nosotros llevarlos a cabo de manera correcta. En lo que a mí respecta, creo que ya hace algunos años que no salía de un otoño e invierno permanente, simplemente porque no quería salir. De a poco se comienza a sentir esa calidez de este sol de primavera, y que por primera vez en mucho tiempo, no asusta, al contrario… de la nada da fuerzas, e impulsa esas ganas de luchar por un verano sin pensar si quiera, en el próximo otoño.
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| Quizás un poco tarde, quizás un poco equivocada... pero si eso te hace sonreír.. quizás valga la pena. |

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